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El día que entendí que no tenía que tener todas las respuestas

Foto del escritor: pharoconsultora
pharoconsultora
30 jun
1 min de lectura

Hay una imagen del liderazgo que, durante mucho tiempo, compré sin cuestionarla.


La del líder que siempre sabe.


Que responde rápido.


Que tiene claridad.


Que transmite seguridad.


Y durante años intenté cumplir con esa expectativa.


Cuando alguien venía con un problema, sentía que tenía que resolverlo.


Cuando el equipo esperaba una definición, buscaba tenerla.


Cuando aparecía una situación nueva, creía que mostrar dudas era una señal de debilidad.


Hasta que un día me encontré respondiendo una pregunta... sin estar realmente convencida de la respuesta.


Y me pregunté:


¿Estoy ayudando... o simplemente siento que tengo que decir algo?

Con el tiempo entendí que muchas veces los líderes respondemos demasiado rápido.


No porque tengamos claridad.


Sino porque nos incomoda no tenerla.


Y esa diferencia cambia todo.


Porque responder no siempre es liderar.


A veces, liderar es detenerse.


Preguntar.


Escuchar.


Reconocer que todavía no tenemos toda la información.

Lo curioso es que, cuando empecé a hacerlo, no perdí credibilidad.


Pasó exactamente lo contrario.


Las conversaciones se volvieron más honestas.


Las decisiones, más compartidas.


Y el equipo dejó de esperar que yo tuviera todas las respuestas.


Empezó a construirlas conmigo.

Creo que uno de los mayores cambios que vivimos como líderes ocurre cuando dejamos de sentir que nuestro valor está en resolver todo.


Y empezamos a entender que nuestro verdadero aporte está en ayudar a que aparezcan mejores conversaciones.


Porque nadie espera que un líder sea perfecto.


Pero sí que sea capaz de generar claridad, incluso cuando todavía no tiene todas las certezas.


Y, muchas veces, esa claridad empieza con una frase muy simple:


"No lo sé todavía. Pensemoslo juntos."

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