Cuando ser líder te hace jugar "a no perder"

Hay una frase que escuché hace poco y me quedó dando vueltas:
"Ya no tomo decisiones con la misma tranquilidad que antes."
No era falta de experiencia.
Todo lo contrario.
Era un líder con años de recorrido.
Entonces le pregunté qué había cambiado.
Y su respuesta fue muy simple:
"Ahora siento que cualquier error impacta en muchas personas."
Ahí entendí algo.
Al principio de nuestra carrera solemos tomar decisiones para avanzar.
Probamos.
Aprendemos.
Nos equivocamos.
Corregimos.
Pero, a medida que crecemos, muchas veces empezamos a cambiar el objetivo.
Ya no buscamos avanzar.
Buscamos no equivocarnos.
Y aunque parece un cambio pequeño, modifica completamente la manera de liderar.
Empezamos a revisar todo dos veces.
A postergar decisiones esperando tener más información.
A evitar conversaciones incómodas.
A elegir lo conocido por sobre lo necesario.
No porque no sepamos qué hacer.
Sino porque el costo de equivocarnos nos pesa más que el beneficio de avanzar.
Lo curioso es que esa búsqueda de seguridad también tiene consecuencias.
Los equipos esperan.
Los proyectos se frenan.
Las oportunidades pasan.
Y el líder termina sintiendo que está siendo prudente…
cuando, en realidad, está dejando de decidir.
Con el tiempo aprendí que liderar no consiste en eliminar el riesgo.
Consiste en desarrollar el criterio para convivir con él.
Porque nunca vamos a tener toda la información.
Nunca vamos a controlar todas las variables.
Y nunca va a existir una decisión perfecta.
Quizás madurar como líder no sea equivocarse menos.
Quizás sea dejar de esperar el momento perfecto para decidir.
Y confiar en que, si hace falta corregir el rumbo, también vamos a saber hacerlo.
Porque las organizaciones no necesitan líderes que nunca fallen.
Necesitan líderes que puedan aprender mientras avanzan.



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